9.6.13. Fiesta tropical

 

I.

Fiesta de día, fiesta de calor. Desde este balcón no se necesita nada más. El sol de la tarde, la brisa. El brillo de las copas, ver cómo las sostienen todas esas manos, cómo mueven las copas en la conversación. Y los líquidos que embriagan la tarde pareciendo refrescarla. En realidad, entre conversación y conversación desde este balcón, de lo único que estoy pendiente es de ver cómo se va emborrachando allá abajo. No mezcla, sólo vino blanco, borrachera dulce. Yo desde aquí trato de tomar menos para poderla ver más. Llegó con movimientos cortos que entre risa y risa, siempre con la copa brillante en la mano, se fueron alargando, elongando, estirando. Parecía como si se fueran suavizando pero no estoy tan segura. Aunque sí… sí, y lo que me gusta ver es eso, cómo se va suavizando, cómo se va desgonzando, pero suavecito. Y su vestido ya no es sólo blanco sino que con su movimiento se ve morado, anaranjado, hasta amarillo y verde. Y quiero bajarme de este balcón a ver más de cerca los colores de loro que me halan. Entonces supuestamente me controlo y me pongo a mirar mi copa y concentrarme en cómo el sol produce reflejos de color en ella. Me aburro, desde que me puse en el ejercicio de mirar la copa ya estaba aburrida, y el problema es que ese aburrimiento no disipa mi deseo de bajar estas escaleras sino que lo afiebra. Tengo fiebre, yo mejor me voy. Y entonces empiezo a decirle al que creía que estaba conversando conmigo “yo creo que parto pronto de esta fiesta”. “¡Pero si está buenísima!, ¡cómo te vas a ir!, ¡esto apenas empieza a ponerse bueno!”. Y tiene razón. Empiezo a buscar desesperadamente un Pielroja que yo sé que me va a poner peor. Fuego, lo prendo, aspiro y ahí la miro, y quiero verla respirar en sus colores azulados. Y de la mano que sostiene la copa sale naranja, y de sus hombros morado y azul que se pegan a la caída de la tarde, y todo lo que mira se vuelve verde, y lo clava a los árboles de la finca. Y como sigue suavizándose, desgonzándose de alcohol, lo que se va formando en sus movimientos alargados son arcoíris de loros nocturnos.

 

II.

Por razones que desconozco, pero que posiblemente son las razones del alcohol, mi cuerpo terminó bajando las escaleras y parado dentro de un grupo a unos metros de ella. Mientras sonreía sosteniendo mi copa, me esforzaba por oír lo que decía, pero había mucho ruido en la fiesta y ya la música lo poseía todo. Me pareció más bien oír búhos saliendo de su boca, y el sonido se hacía plumas de otros pájaros, azules, morados, amarillos. Todo el espacio reverberaba y todo y todos éramos ya música palpitante. Y así palpitando nos sumergíamos en el brillo de la noche entrecortada por el brillo de las copas, y yo que no sabía qué hacer en medio de mi palpitación, ni qué hacer con mis pies. Pero si estoy es borracha, ya borrachísima, y sé perfectamente cómo estoy parada y dónde, a más o menos dos metros de ella, que se extienden y se encogen en medio, entre, a través, rodeados de las palpitaciones de esta música que cada vez más deja de ser un orden ordenado de coctél y se va convirtiendo en canibalismo carnavalero. Y bailando estoy hace más de dos, o tres, o cuatro horas y perfectamente sé, mis pies, por dónde vuelan, y los hombros más, más vuelan del puro palpitar, de las manos pájaros. Y grillos, y ramas, pero es nadando en la piscina que estamos, porque ya no sé quienes estamos, porque somos una misma cosa, ¿y ella dónde está? y es que ni en esta locura la pierdo de vista aunque ya no la veo, y no la veo y no la veo y no la veo. Y todos esos vestidos mojados, esas telas largas emparamando los perfumes de diseñadores ahogados es que están, y los peinados ya puro pelo empapado pero de enredo y ¡miren cómo se parece ese peinado al de los caballos trenzados! Y ya era que haciéndole una trenza era que estaba.

Me despertaron los pájaros, los busco con los ojos que casi no puedo ni abrir con la luz del sol. “¿Muy enguayabadita?”, me dice, “Pues más o menos, ¿y tú?”.

 

 

 

 

*Texto escrito en el Taller Silvestre de Narrativa con Carolina Sanín en la Residencia en la Tierra (Quindío). Agradecimientos especiales a Carolina Sanín, a Fátima Vélez y a Ericka Florez por sus comentarios.